El hombre azul
Lito Zer (cuento)
El hombre tomo el papel de manos de la joven mujer, el pequeño papel, que dobló cuidadosamente, y considerando de quien venía, lo guardó en el bolsillo interno de su saco, del lado del corazón. A escondidas y a vuelo de pájaro lo había leído, pero no como el quería, la rápida lectura solo logro inquietarlo más.
Así, unas horas después de haberlo recibido, caminaba con paso agitado, casi corriendo hacia el subte, para encontrar urgentemente la cálida soledad de su hogar y recluirse a prestarle la debida atención.
Pero su ansiedad lo traicionó, entró al vagón y si bien había asientos vacíos, parado al lado de la puerta de salida, ahí nomás, sacó el pequeño papel del bolsillo, lo desplegó y comenzó a recorrerlo. Le temblaron las piernas, y allí fue donde reparó que podía y que debía sentarse y lo hizo.
Comenzó a recorrer las letras, las pequeñas letras azules, ordenadas, enfiladas como pequeños duendes de las más diversas formas, inconscientemente, mientras leía, con los dedos de su mano derecha tocaba las letras y sentía el relieve de la tinta, percibiéndolas tan profundas como un ciego leyendo el braille, es más, poco a poco dejo de mirar la carta y la lectura consistió en el contacto de sus dedos con las letras.
Ya no necesitaba leer, sentía en su piel en su carne, en todo sus ser, el significado de esa carta.
La percepción se hizo más y más vívida y así, por un lado asombrosa pero por otro lógicamente, la tinta azul comenzó lentamente a vaciar las letras desde comienzo a fin y a adentrarse en el hombre.
El hombre fue invadido así por la sensación refrescante de la tinta azul, y así azulándose retornó a la lozanía de la juventud. su mismo aspecto azul fue el de una persona joven y su alma, su corazón azules, rejuvenecieron. Sus viejas cicatrices de guerra, sus callosidades, sus ojeras de interminables vigilias, todo, todo se borró bajo la tonificante ola azul.
Y así, en alto su azulada juventud, sintió que una fuerza renovada y desconocida lo instaba a luchar ahora mas que nunca. así bajo del vagón y subió las escaleras para abandonar el subte.
Sin embargo, en la calle, brillaba el sol cotidiano, los sonidos, los aromas, la gente de todos los días, los lugares habituales. y entonces asombrosa, pero lógicamente, el azul fue desapareciendo y se tornó primero blanco y negro y luego gris. Las letras fueron nuevamente azules.
El hombre envejeció de golpe. Y así al paso lento, cansino. Caminó rumbo a la rutinaria soledad de su casa con la carta guardada en el bolsillo interno de su saco, del lado del corazón.
